miércoles, 20 de octubre de 2010

Sobre la natalidad y las pensiones

Ayer el periódico El País anunciaba que "Los partidos estudian que los hijos cuenten para calcular la pensión" (http://www.elpais.com/articulo/economia/partidos/estudian/hijos/cuenten/calcular/pension/elpepueco/20101019elpepueco_11/Tes)
La idea es que, a aquellas mujeres que no lleguen a cotizar el mínimo de años necesario para devengar una prestación contributiva (15 en la actualidad), puedan imputárseles algunos años de cotización "ficticia" por cada hijo, tal y como se hace en Francia.
Este tipo de medidas suelen recibirse con agrado por el gran público, en la idea de que hay que facilitar la inserción de la mujer en el mercado laboral, reconociendo además que su dedicación a la familia (criándola) también contribuye al sistema productivo.
Sin embargo, me planteo si este tipo de medidas son eficaces y, por otro, si son justas. Por lo que se refiere a su eficacia, si lo que se quiere es estimular la natalidad, me resulta difícil creer que la decisión de tener hijos se vaya a tomar en función del diseño de las prestaciones a la Seguridad Social, o incluso de la existencia de ayudas como el extinto “cheque bebé” de 2.500 euros. Aunque este tipo de medidas puedan facilitar –directa o indirectamente- la manutención de las familias que tienen hijos, las políticas públicas sólo pueden ser una cuestión de segundo orden a la hora de decidir si tener o no más hijos. El retraso de la edad a la que se tienen hijos y la disminución del número de descendientes es, sencillamente, una consecuencia del deseo de las mujeres de consolidarse profesionalmente antes de tomar una decisión que ya saben de antemano que estancará su promoción laboral.
Por otra parte, creo que también es cuestionable la implantación de estas medidas desde el punto de vista de la equidad. El texto de la noticia señala que la imputación de años de cotización “ficticia” se haría a aquellas mujeres que tienen más de tres hijos, porque contribuyen en mayor medida a la futura fuerza laboral de nuestra sociedad, facilitando la sostenibilidad del sistema de pensiones. La pregunta que se me plantea es ¿por qué sólo a partir de tres hijos? E, inmediatamente después, ¿qué tipo de familias tienen tres hijos en la actualidad? Si hiciésemos un estudio del perfil socio-económico de las familias consideradas numerosas en las que la mujer no llegase a la cotización mínima de 15 años, con toda probabilidad nos encontraríamos con que son, en buena medida, hogares de renta elevada en los que el salario del sustentador principal es lo suficientemente alto como para poder “permitirse” que el otro progenitor no trabaje durante unos años. Si esto fuera así, entonces el grado de equidad de la medida sería más que dudoso.
Más allá de la justicia y la eficacia de estas medidas políticas, habría que hacer un par de reflexiones adicionales. Por un lado, si de lo que se trata es de garantizar la sostenibilidad del sistema de Seguridad Social, tratando de aumentar el porcentaje de población joven –la futura fuerza laboral-, hay una medida mucho más sencilla y con efectos más inmediatos: la flexibilización de las políticas de inmigración. La población inmigrante es, en media, mucho más joven que la española y, durante sus primeros años aquí, mantiene los patrones de natalidad de su país de origen. Esto no es nuevo, claro. Durante los últimos diez años, la contribución de la población inmigrante a nuestro sistema de Seguridad Social ha sido enorme.
Pero, al parecer, esos mismos inmigrantes que tienen más hijos que nosotros, rápidamente adoptan nuestros “hábitos reproductivos”, con lo que esta medida no sería suficiente para garantizar nuevas y numerosas cohortes de trabajadores.
Si se quiere que las mujeres tengan más hijos, tienen que tenerlos antes (la edad media a la hora de tener el primero está en torno a los 35 años) y, para eso, deben tener garantías de que el mercado de trabajo no las arrinconará a su vuelta. Para eso, es fundamental que las empresas –los empleadores, en general- dejen de percibir a las mujeres en edad fértil como una “carga” en relación con los hombres de su misma edad. ¿Y cómo conseguimos eso? Creo que habría que buscar fórmulas que igualasen el coste que experimenta la empresa cuando sus empleados tienen hijos, con independencia del sexo del empleado. Dicho de otra manera, si los permisos de maternidad y paternidad, las facilidades para disfrutar de una reducción de la jornada laboral, etc fuesen iguales para hombres y mujeres, tendríamos una buena parte del camino recorrido para consolidar la inserción de la mujer en el mercado de trabajo y, como consecuencia de ello, facilitar la crianza de los hijos.